martes, 25 de julio de 2017

Números.

Números. 

Música a todo volumen. Tan fuerte como para empujar todo lo que no fuera alcohol y drogas, lejos de las problemáticas mentes del público. Tan fuerte como para cerrar las puertas de la tolerancia frente a cualquiera que jamás hubiera vivido la realidad tras las críticas de las canciones tocadas.
No cualquiera entraría allí esa noche. Los boletos estaban reservados.
Reservados para todo aquel que estuviera cansado de su realidad, para todos esos hartos de lidiar con un nuevo día, para todos aquellos resignados a buscar algo mejor y, especialmente, para quienes jamás lo encontraron.
Como esa mujer, aquella que va por su tercera botella de vodka y no supera los 20 años. Tardó meses en encontrar un trabajo estable, pero lo perdió todo luego de denunciar un abuso sexual por parte de su empleador. Ahora su único hijo, de tan sólo dos años, está bajo el cuidado de una institución que promete entregarle una mejor vida. Pero la vaga idea de tenerlo lejos le aterra.
Y cómo no, si todas esas cosas que le aseguran no resultarán ser más que palabras huecas… bien lo sabía la joven que la observaba minuciosamente a metros de distancia. Esa, la de cabello negro y largo que fumaba tímidamente un cigarrillo quién sabe de qué.
“¿Es esto lo mejor para mi hijo? ¿Realmente estará mejor sin mí?” sollozaba la mujer a nadie, mientras la otra joven escuchaba, imaginándo que alguna vez lloraron de esa manera por ella. Imaginando solamente. Porque jamás pasó.
Ella provenía del mismo lugar que ahora ocasionaba las  lagrimas de la alcohólica madre. Se había escapado, y no tenía ni la más mínima intención de volver, así como tampoco un hogar al cual regresar. Por eso, cuando comenzó a sentir las sirenas de la policía acercarse, no sintió más que necesidad de huir, pero ¿hacia dónde?...
Ya lo había abandonado todo, sobreviviendo sin nadie que la defendiera, luchando sin siquiera entender por qué. Sin voz, sin memoria, sin historia… un número más de un sistema que “la protege”

Y “protege” a miles de números cómo ella, todos con tantos dígitos que nadie se da el trabajo de leerlos... ni de contarlos... ni de buscarlos.

“¿Es ésto lo mejor para mí?” piensa con ira mientras ve a la policía irrumpir en el lugar, aun sin encontrar escape.

Colapsada, cae al piso ahogada en su propia respiración. Desesperada por verse frente a esos hombres armados nuevamente, por tener que volver a un mundo al que no quiere entregarse, y porque sabe que, a pesar de todo, es el único que tiene un lugar para ella.

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